¿Por que el tema de Expresión y Comunicación.?

“Los niños tienen 100 maneras de expresarse, pero les robamos 99.” Loris Malaguzzi

Cuantas veces no hemos encontrado las palabras que buscábamos cuando nos sentíamos perdidos, tristes, eufóricos o enfadados. Cuantas nos hemos sentido incómodos cuando tenemos que bailar delante de un público que espera de nosotros un movimiento concreto o una forma única de expresar el sentir de la música. Y , por supuesto, muchos/as de nosotros y nosotras hemos sentido verdadera frustración cuando nos enfrentamos a un folio en blanco y de la nada tiene que surgir un dibujo o un bello texto donde mostrarnos por dentro y por fuera, desnudarnos más bien, esperando un juicio aprobatorio en el mejor de los casos (esta frustración se multiplica exponencialmente cuando esperamos un juicio negativo.)

Todo esto que sentimos ya de adultos nos incita a escondernos, a taparnos, a no salir a pecho descubierto de un pozo donde nos ocultamos por miedo a nuestras propias limitaciones y a lo que los demás piensen de ellas.

Entonces, ¿por qué empeñarnos en llevar hasta esta situación tan horrorosa a la infancia desde los primeros meses de vida?. ¿Por que buscamos una forma de expresión igual para todos y todas en la que muchos /as se sienten incompetentes, frustradas y fracasadas, reproduciendo todos nuestros temores, inseguridades y limitaciones?

Desde el proyecto Miradas se intenta revalorizar la visión que la sociedad tiene de la primera Infancia (en ello estamos todos los que creemos en una infancia competente y con infinitas posibilidades), pero para que esto sea posible tenemos entre todos que dar un paso para potenciar en los niños y niñas diversas formas de expresarse y comunicarse, de ponerse frente al mundo y decir, pintar, bailar o callar: “Yo soy esta”, “Soy así”, “tengo miedo” o “estoy feliz por…”

Esta premisa, a priori tan sencilla y de sentido común, debería ser un planteamiento inicial sine qua non cuando como adultos nos encontramos frente a la relación con un niño o niña. Y, sin embargo, cuesta verlo. Y cuesta porque nos dejamos llevar por esa corriente que nos desliza a hacer lo mismo para todos en pos de una igualdad ficticia que tiene como consecuencia más directa desentendernos (unas veces sin querer y otras de forma premeditada) de los intereses y necesidades del individuo a favor de una propuesta general que hacemos en nuestras casas, en nuestras escuelas, con nuestros hijos e hijas,…

Solo encuentro una respuesta que consiga hacer levitar y mandar lo mas lejos posible esta pesada losa: trabajar desde el respeto. Y esto supone posicionarse en el lado de los procesos, necesidades e intereses de los niños y niñas, en busca de las formulas expresivas y comunicativas que mejor se adaptan a cada uno y ya cada una de ellas. Y no se trata de ofrecérselas como si las pudiéramos tener guardadas en cajas de zapatos amontonadas unas sobre otras y coger en cada momento la que se necesite, sino de acompañar a la infancia en la búsqueda y descubrimiento de dichas formulas que les permitirán elegir aquella que mas le convenza en cada momento, o que mejor le permita expresar sus emociones, sentimientos o sensaciones como individuo capaz que es.

Creamos en una expresión libre, sin trabas, en un lenguaje que conozcamos o que la infancia nos invita a conocer. Sumerjámonos con ellos y ellas en las profundidades de un descubrimiento que hará posible que no nos de miedo o vergüenza ponernos delante del otro y expresarle sin rubor aquello que nos hace sentir o que en ese momento nos está haciendo vibrar de emoción, de pena o alegría.

Todo lo anteriormente dicho es aplicable también al entorno comunicativo. Nos hemos acostumbrado a vivir entre expresiones abruptas, a dejar de lado el respeto que las personas que tenemos alrededor se merecen y nos merecemos. Y traspasamos esos esquemas cuando llevamos a cabo determinadas interacciones con la infancia, donde demasiadas veces nos subimos al púlpito de yo soy el adulto y haces lo que yo diga bien a nivel corporal o bien por nuestro tono de voz. No solo olvidamos el respeto que toda persona merece, sino que olvidamos que delante tenemos seres humanos en pleno proceso de desarrollo de su personalidad, que están aprendiendo a establecer su relación con el mundo y que están recibiendo de sus figuras, que deberían ser de apego seguro, un estilo comunicativo donde predomina el poder en vez del afecto el cariño y el respeto, donde no se busca que nos entendamos sino que entiendas lo que yo digo.

Estamos ante una oportunidad única de establecer nuestros procesos basados en el respeto, en el cariño, en la intención de empatizar, en la necesidad de entenderse y dejar al otro expresarse en la forma que su interior le pida. Estamos ante la oportunidad que nos ofrece esta otra forma de hacer y que nos permita olvidarnos para siempre de la frustración, el miedo y el poder que al principio de este articulo nos atenazaba por la necesidad de tener que volver a enfrentarnos ante un folio en blanco.

Alberto González

Proyecto Miradas

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