Miradas de marzo. Reflexión de Raúl Vacas

Miguel, Colectivo Wayra

Los niños y las niñas, por muy pequeños que sean, necesitan expresarse y comunicarse espontáneamente, con absoluta libertad. El llanto es uno de sus primeros mensajes, una señal de que están ahí y que reclaman nuestra atención, nuestra interlocución. Pero también el cuerpo es para ellos una herramienta de comunicación. Un niño mueve su cintura tambaleándose de un lado para otro como una marioneta apunto de descoyuntarse, agita las manos con excitación, flexiona las piernas como para hacer una sentadilla, se levanta, se agacha, salta, baila. Es un torbellino de movimientos en el que no importa la coreografía. El niño corre desafiando a la gravedad, como pisando tierras movedizas, te tira de la manga y de la barba, te llama con su lengua de estropajo, te agarra el dedo como si no quisiera perderlo de su mano, señala aquí y allá como si todo estuviera por descubrir y acompaña su mirada con un buen repertorio de sonidos.

La sorpresa, la emoción, la magia, la imaginación son lenguajes que el niño reconoce y que necesita en su continua formación. La creatividad es su forma de expresarse, de relacionarse con el su mundo y con el mundo.

Resulta sorprendente oír al niño cuando chapurrea un mitin en su lengua extraña. Una lengua que un amigo experto en comunicación define como chirimollino. Solo ellos se entienden. Sus largas alocuciones o monólogos parece que no dicen nada pero quizá lo dicen todo. Esos balbuceos, esos lenguajes no reconocibles son también muy propios del terreno literario. El nonsense o sinsentido es un lenguaje en el que el niño se reconoce por lo que tiene de ilógico y extraño. Hay interpretaciones de expertos en arte que señalan que el nombre del movimiento vanguardista Dadá (Dadaísmo) proviene del balbuceo infantil, de los sonidos que hace el bebé en su intento de hablar: da da da da.

Sería fantástico que existiera un google translator que permitiese  hacer inteligible el discurso del niño. Pero también resulta increíble imaginar lo que está diciendo sin reconocer dichos sonidos.

En medio de esa glosolalia de repente un día, cuando menos te lo esperas, oyes una palabra que comprendes. Todo lo demás hasta ese instante no eran más que jitanjáforas y balbuceos extraños. Es el milagro de la primera palabra. ¿Será papá? ¿Será mamá?

La primera palabra que pronunció mi hija fue araña. La conoció de manera fortuita, en medio de un juego. Yo movía por su brazo mis dedos, como una araña, repitiendo la palabra araña araña araña una y otra vez. A ella le encantaba. Giraba la cabeza y se escondía. Pero pronto volvía en busca de esas patas que corrían por su brazo. Hasta que en uno de esos juegos gritó “araña”.

Otra palabra que descubrió en medio del juego fue “pulpo”. Su madre pronunciaba dicha palabra en un golpe de voz, exhalando un chorro de aire que lanzaba sobre su cara con una sonrisa. Jia, nuestra hija, cerraba los ojos y se reía con un temblor precioso.  Pulpo y araña fueron parte de su aprendizaje.

Pero hasta ese encuentro con las palabras la sintaxis del niño está en su mirada. Es su herramienta principal. Una mirada que busca, que encuentra, que mira al mundo libre de prejuicios y de miedos. Con los más pequeños la clave es la mirada. Actúa con simpatía, dedica una mirada profunda a un niño y te la devolverá con una intensidad mayor. Mirar es aprender. Y mirar forma parte de sus descubrimientos:  una sombra, un espejo cóncavo o convexo, todo llama su atención. Y todo lo que miran lo tocan y lo prueban sin miedo alguno, como hace un ciego para cerciorarse de lo que tiene entre las manos.

Los niños son poetas, como Frederick. Hacen acopio de colores, recogen instantes maravillosos que guardan en su retina para compartirlos con los demás.  La raya, la mancha, el brochazo de color interesan al niño: expresionismo puro.  Pero también la sombra y la oscuridad, aunque esta, en ocasiones, venga acompañada del miedo. Los niños son poetas, ilustradores y músicos, en esencia y en potencia. Buscan la manera de comunicarse y expresarse con sus sencillos y espontáneos códigos. El niño que dibuja un caballo sabe que está ahí, detrás de esas cuatro rayas que el adulto, desde su lógica, a veces no comprende. Pero ahí está el caballo, con sus crines verdes (¿por qué no?), su relincho y su manera de mirar, limpia y sincera.

Oigamos a los niños, escuchemos sus llantos, risas y palabras y mirémoslos como a cualquier otro interlocutor que necesita hacerse oír, ser escuchado.

Raúl Vacas

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