Miradas de abril. Reflexión de Olga Calvo del IBFG

De todos es bien conocida la expresión “la curiosidad mató al gato”, de la que claramente se infiere que ser curioso es algo negativo. Igualmente, no hace muchos años, la definición la palabra curiosidad, tal y como aparecía en el diccionario de la RAE, tenía claros tintes negativos. Dicha definición venía a decir, más o menos, que la curiosidad es el deseo de saber acerca de los asuntos de los demás, incluso se definió como el vicio por saber lo que no nos importa. Por suerte, esta definición se actualizó por otra bastante más acertada, y que hace alusión al deseo de aprender lo que no se conoce. Por lo tanto, curioso es aquel que tiene el deseo de descubrir lo desconocido. Este es un adjetivo que comparten esencialmente dos grupos de personas, a simple vista muy distantes y diferentes, como son los niños y los científicos. Podríamos decir que los científicos crecen conservando la curiosidad y la capacidad de asombro innatas del niño, para desarrollarse como personas y profesionales.

La curiosidad ayuda a los niños a crecer, desarrollarse y entender el mundo que les rodea, y que tanto les asombra. Por lo que respecta a los científicos, es válida igualmente esta afirmación. Su insaciable curiosidad por conocer y comprender el mundo y su ilimitada capacidad por asombrarse ante cada nuevo descubrimiento, han proporcionado valiosísimos conocimientos que han permitido el progreso e indudables mejoras en la calidad de vida de los seres humanos. Creo que con esta afirmación estaremos todos de acuerdo, pero no estoy tan segura de que todo el mundo valore y sea consciente de la importancia que tienen la capacidad de asombro y la inagotable curiosidad de los niños. Habrá quien al mirar esta foto, donde dos niños buscan e indagan dentro de una mochila, aparentemente vacía, haga una reflexión del tipo: “pobres, ya se cansarán cuando se den cuenta de que no hay nada”, o “¡pero qué fisgones!”. Sin embargo, también habrá quien sonría, como yo lo hago cuando la miro y pienso: ”dos científicos en potencia: miran y buscan donde los demás no ven nada, o donde los demás ni siquiera  mirarían porque no tienen curiosidad por saber si de verdad no hay nada”.

Araceli, Escuela Infantil El Montalvo

Pensemos en la primera reflexión y es cierto que no hay nada en la mochila. Da igual, no importa, hay que seguir buscando, abriendo y mirando más mochilas, porque seguro que alguna contendrá algo importante por descubrir, un maravilloso tesoro. Si les desanimamos a mirar con nuestros comentarios, nuestros gestos y les anticipamos que no merece la pena inspeccionar porque no van a encontrar nada, ¿les estamos enviando el mensaje de que no busquen, que no indaguen, que no curioseen?, ¿les estamos insinuamos que pierden el tiempo cuando intentan entender el mundo que les rodea?.

Ahora, analicemos la segunda reflexión: ¿Y si hay algo en la mochila que nosotros no vemos?¿Y si en el fondo oscuro de esa mochila descubren, por ejemplo, una canica? ¡Una canica de cristal, con llamativos colores que brillan!. ¡Una canica que rueda, que parece tener vida propia cuando cae al suelo!  Entonces, el niño se asombra y se pregunta: ¿qué es ese objeto que tiene tantos colores, que brilla  y rueda? Y como le asombra y tiene curiosidad, intenta averiguar qué es, quiere saber de qué está hecha y por qué puede rodar. En esencia, esto es lo que hace un científico, busca, se asombra de lo que encuentra, observa, analiza, e intenta comprender, conocer y explicar.

La curiosidad llevó a Marie Curie a descubrir la radiactividad y a Alexander Fleming la penicilina. Allí donde los demás no veían lo invisible, ellos miraron y descubrieron dos elementos que han salvado y salvarán la vida de millones de personas.  Curie y Pasteur tenían curiosidad, buscaron, encontraron y asombraron al mundo entero con sus descubrimientos. En definitiva, la curiosidad y el asombro son los pilares del aprendizaje, del descubrimiento y por lo tanto del avance, tanto personal, como social.  Pero aún más, si analizamos cuál es la consecuencia más inmediata de todo esto, no es otra que la felicidad. El asombro nos produce placer, es placentero descubrir y aprender, y eso mueve y retroalimenta nuestra curiosidad por descubrir de nuevo algo más, que nuevamente nos va a sorprender y nos va a hacer felices. Aún más, nos hace sentirnos grandes, orgullosos y seguros de nosotros mismos. Matando la curiosidad de los niños estamos aniquilando el placer por descubrir, por asombrarse, por conocer. Estamos limitando en cierta medida que el niño crezca feliz y seguro.  

Si valoramos la curiosidad de los científicos por conocer y su entusiasmo por descubrir, ¿por qué no valoramos estas cualidades en nuestros hijos?, ¿por qué permitimos que pierdan la curiosidad, la capacidad de asombrarse y las ganas de conocer durante su crecimiento?. Quizás porque no sabemos o porque nos dejamos convencer y presionar por lo que un niño debe saber y los objetivos que debe alcanzar a esta y aquella edad. Nos dejamos llevar por una sociedad donde queremos que los niños crezcan rápido, en la que les proporcionamos y saturamos con demasiada información, que sólo les convierte en inmunes al asombro. Les adelantamos el contenido de la mochila, sin darles su tiempo para indagar, averiguar y obtener la información por sí mismos, sin darnos cuenta de que esto es la mejor manera de generar jóvenes sin espíritu creativo, sin motivación, inseguros, sin capacidad de decisión y con miedo a preguntar.

¡Cuántas veces he oído quejarse a padres con hijos en infantil o primaria, diciendo que sus hijos son demasiado infantiles!. ¡Qué absurdo, cuando lo contrario debería ser que deseáramos que los niños fueran infantiles, nos congratuláramos por ello, y que les permitiéramos y diéramos tiempo y espacio para ser curiosos, ingenuos, indiscretos, preguntones…! ¿Por qué nos gusta tanto que los niños sean adultos antes de tiempo? Adultos que han dejado de ser curiosos, que se han rendido al silencio y a no preguntar. ¿Por qué?. Cuando es evidente que la curiosidad y la capacidad de asombrarse son vitales en cualquier ser humano y a cualquier edad. Aprendamos de los más pequeños a mirar con curiosidad y a asombrarnos. Quizás en este aprendizaje descubramos tesoros que habían pasado desapercibidos ante nuestros ojos.

Por lo que a mí respecta, espero que tarde mucho en llegar (¡ojalá que no llegue nunca!) el día en que mis hijas de seis y siete años dejen de decir: ¡Alaaa, qué pasada! Espero que no dejen nunca de preguntar hasta la saciedad, como lo hacen ahora, que no paren de cuestionárselo todo y de buscar respuesta a todo lo que les intriga. Espero que sigan preguntando sin miedo. Si es así, me sentiré orgullosa, sobre todo como madre, pero también como científica.

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