EL MOVIMIENTO.

May está apoyada en el suelo en posición ventral acodada sobre su brazo izquierdo, sonríe a su madre, figura de apego que le trasmite, con su mirada, voz y cuerpo, confianza y respeto en sus posibilidades motrices. Esta actitud de la adulta acompañante en sus primeros momentos vitales es una de las variables imprescindibles, que permiten, en este caso a May, la confianza en sus propias posibilidades capacidades. 

May  gira sobre su eje  pasando por diferentes posiciones intermedias, de la posición ventral a la supina, por posturas de equilibración y requilibración lateral, sintiendo las diferentes sensaciones propioceptivas que le dan información sobre su cuerpo, su postura y su relación con el espacio y el tiempo. 

May descubre un objeto de interés para ella y pone en marcha todo el repertorio de recursos psicomotrices que su momento madurativo le permite para explorarlo y manipularlo. May se desplaza por el espacio, reptando, rodando, sintiendo y percibiendo las variadas sensaciones que el ambiente le proporciona; cada momento es relevante para conseguir en cada instante un nuevo logro en su adaptación al medio. 

Mi primera comprensión integral del nuevo paradigma educativo, fue cuando  realmente integré lo que supone en el niño/a la posibilidad de movimiento libre y autónomo que plantea la doctora E. Pickler. Hasta entonces casi todo mi planteamiento teórico sobre el desarrollo en la primera infancia estaba enmarcado en los hitos evolutivos, es decir, entender al niño/a como un número, una estadística, entender al niño/a como un sujeto apropiado o no, si  estaba dentro de la “normalidad”, que la estadística, la campana de Gauss marcaba. Por tanto, fijarme en el resultado y el objetivo.

A raiz de los estudios de E. Pickler,  la ontogénesis del ser humano tomó relevancia en las gafas que me ponía a la hora de observar y acompañar a la primera infancia, con lo que mi mundo y mi percepción cambió completamente, tomando importancia lo que es inherente a nuestra programación madurativa. Si al ser humano se le deja en libertad, en unas condiciones adecuadas: exploración, comunicación, vínculo de apego…, se van a dar todos los movimientos y posturas que poseemos en nuestro repertorio madurativo, y no de cualquier manera, se van a dar con eficacia y calidad porque surgen de la propia iniciativa y se facilita la  autoconfianza de poder hacerla, por lo que se favorece la autonomía y  la percepción de logro.

Me maravilla, la capacidad del ser humano para el movimiento. Nacemos con una serie de reflejos, para la supervivenvia, algunos de los cuales se convertirań en grandes destrezas motrices. Podemos ejemplificar del reflejo de prensión al dibujo más minucioso, o labor manual más compleja o del reflejo de marcha a la acrobacia más imponente de los artistas del circo del sol.  Me emociona  esta secuencia de diferentes posturas de May al igual que me siguen emocionando las imágenes de lo/as niño/as del instituto Loczy, cómo se favorece su autonomía al dejarles moverse en libertad. Es hermoso ver cada una de las posiciones intermedias por las que cada uno de nosotros pudiéramos haber experimentado, si hubieramos tenido las condiciones adecuadas,  para pasar de la horizontalidad a la verticalidad, sin exigencias externas.

Considero que en la primera infancia, “ponerse las gafas Pickler”, es acompañar los procesos madurativos de los/as niños/as desde el respeto  a la integridad de su persona, permitiéndoles crecer y desarrollarse desde lo que son y no desde lo que deberían ser, un debería que está muy alejado de sus “necesidades auténticas”, (definición de Rebeca Wild), por tanto supone confiar en sus posibilidades, proporcionarles ambientes adecuados para que éstas  puedan desarrollarse en libertad.

Me gustaría destacar la importancia de una relación de acompañamiento respetuoso por parte del adulto de referencia. Esta relación está basada en la confianza en sus capacidades de descubrimiento, desarrollo y  aprendizaje, en la necesidad que surge de  superar retos, conseguir logros o de autorregularse que tienen los/as niños/as. Para terminar me gustaría adjuntar algunas propuestas que nos pueden orientar para posibilitar un acompañamiento ajustado que se describen en el blog:  http://tetaaporter.com, de Romina Pérez Toldi, Pedagoga especializada en acompañamiento a la crianza y procesos de enseñanza-aprendizaje en la primera infancia.

  • Vínculo infante-adulto es fundamental, el adulto debe ser una figura de apego seguro para que éste pueda sentirse realmente confiando y colmado en sus necesidades para poder sentir esa iniciativa que lo interpela a conocer mundo, explorar, investigar, moverse y relacionarse.
  • El adulto respetará la capacidad autónoma del infante.
  • El adulto le anticipará verbalmente al bebé niño/a cualquier acción o movimiento que vaya a ejercer sobre el pequeño/a: voy a cogerte, voy a sacarte los mocos, te voy a dejar en el suelo, voy a lavarte las manos…
  • El adulto debe estar siempre disponible para responder al infante. Esta respuesta puede ir de la simple presencia y/o acompañamiento verbal a cogerle en brazos.
  • El adulto debe dar tiempo suficiente sin exigencias ni presiones para la actividad autónoma del infante. No le animará ni lo juzgará. El adulto no tendrá prisa.
  • El adulto no le dirá al infante como debe jugar ni explorar ni manipular objetos.
  • El adulto no establecerá una dinámica de dependencia motora con el infante. No lo sentará, no lo llevará de la mano ni lo felicitará cuando logre nuevos hitos en su movimiento. El adulto se regocija con el niño/a y comparte su alegría, pero no es la figura que aprueba o desaprueba.
  • El adulto no establecerá una dinámica de dependencia con el infante en el juego y la exploración. No le diremos cómo jugar, cómo pintar, cómo hacer encajes o cualquier cosa que se le parezca. No resolveremos las situaciones por él ni buscaremos soluciones por él.
  • El adulto organizará el espacio y los materiales de forma que estos favorezcan el libre movimiento y la actividad autónoma.

 María H.R.

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